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8 de mayo de 2026

 
 
 

Si te invitan a un cumpleaños, vas

 
 

 

 

Los cumpleaños infantiles son una fiesta, pero para las madres de los cumpleañeros son una fuente de estrés. ¿Lo pasarán bien? ¿Les gustará el sitio? ¿Merendarán bien? ¿Vendrán los amigos que quiere mi hijo? ¿Habrá bajas? Cada notificación en el chat ad hoc genera una pequeña taquicardia. La madre de Fulano anuncia que tiene un compromiso familiar y que no podrá ir, pero nos desea lo mejor. La madre de Mengana explica que justo ese fin de semana tienen un viaje organizado desde hace tiempo. Y así...

 

A pesar de que una regla escolar no escrita dicta que “si te invitan a un cumpleaños, vas”, todas estas situaciones entran dentro de lo previsible y hay que saber torearlas. El pánico (y no precisamente irracional) entra en escena cuando nadie acude a la fiesta. Nadie.

 

Esto es lo que le pasa al protagonista de Camino de vuelta, la nueva novela basada en hechos reales del excampeón de boxeo y activista antibullying Jero García. El autor sabe de lo que habla. En su infancia, fue un bully. Nacido en 1970 en un barrio de Madrid, Carabanchel, en el que reinaba la ley del más fuerte, Jero se convirtió en un matón porque los matones molaban. Pegaba y martirizaba a sus compañeros. Alguno, incluso, se quiso suicidar.

 

Por suerte, Jero supo decir adiós a esa vida violenta y hoy es una de las voces más respetadas contra el bullying. Esta semana, le entrevistamos y le preguntamos qué hacer en caso de que al cumpleaños de tu hijo no acuda nadie. Menos dejarlo pasar, todo. “Hay que ponerse en marcha y pasar a la acción. Tienes que llamar a las madres de todos los que has invitado para saber qué ha pasado. También tienes que escribir un correo electrónico al tutor, al jefe de estudios y a la dirección. Alegarán que no ha pasado en el recinto escolar, pero da igual, lo tienes que hacer”, nos explica.

 

 

La voz de Jero es dura. Pide la aprobación de una ley orgánica de protección integral contra el acoso escolar que permita que los niños, aunque sean menores de 14 años, puedan ser imputados y se les pueda juzgar. “Si no, sienten que pueden hacer lo que les dé la gana. Y esa responsabilidad civil y penal debería recaer también en los padres”, alega. ¿No suena demasiado rígido?, le preguntamos. Su respuesta: “Un niño de 11, 12 o 13 años puede comportarse como un demonio. Lo inadmisible es que otro niño acabe tirándose desde un quinto piso y los responsables se vayan de rositas”. El bullying, recordemos, puede acabar con el suicidio de un chaval. 

 

En Carabanchel, precisamente, está el colegio Santa María de los Apóstoles, un centro donde conviven 37 nacionalidades y cuyo jefe de estudios es Jesús Chico, un docente comprometido con la lucha contra el acoso escolar. Para terminar con el problema, asegura, hace falta que los profesores de secundaria no solo sean especialistas en su materia sino que estén formados en el cerebro adolescente. Saber cómo funciona la cabeza -todavía inmadura- de los chicos y las chicas es la base para detectar situaciones complicadas y atajarlas antes de que se conviertan en bullying. Este profesor, por cierto, es lector incondicional de los libros del científico especializado en neuroeducación David Bueno.

 

Escuchar a Jero García o a Jesús Chico insufla optimismo. Una termina pensando que se puede acabar con el bullying. Al cabo de los días, sin embargo, te encuentras con una madre que, temblando, te cuenta que ha tenido que sacar a su hija a mitad de curso (1º de ESO) porque no podía soportar más el hostigamiento cruel de los compañeros. La habían dejado completamente sola. No tenía amigos. Nadie la invitaba a sus cumpleaños. Nadie le ofrecía un plan de fin de semana. No estaba en ningún grupo de WhatsApp. ¿Por qué? Porque sí. Porque la líder de la clase le tomó manía en primaria e hizo que nadie estuviera de su lado. Se llama bullying relacional y es el que más daño hace.

 

La chavala ha cambiado de colegio y ahora está mejor. Tiene amigas, le invitan a cumpleaños y su vida es infinitamente mejor. Recibe terapia psicológica. Y su madre, que se vio tan colapsada que tuvo que dejar de trabajar porque no soportaba el descenso a los infiernos de su hija, también. Ambas están saliendo adelante, pero a qué precio. ¿Te imaginas que te pasa a ti?

 

StopBullying

Olga.-

 

 

 

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